¿Y si la vida es
sólo levantarse por la mañana, ocupar el tiempo en algo, comer y beber, y
volver a acostarse por la noche? ¿Y si sólo somos un mero transmisor de una
energía que nos han dado nuestros padres y que tenemos obligación, sin saberlo
directamente, sin ser conscientes, de transmitirla? ¿Y si nuestra única función
en la Tierra es sobrevivir PORQUE SÍ? ¿Y si empezamos nuestra existencia
sabiéndolo, y el exceso de uso de la razón en algo, en ocupar el tiempo en
cualquier cosa, ha logrado confundirnos, separarnos de ese conocimiento? ¿Y si
mientras más básicos fuimos, más inteligentes éramos, más conscientes de nuestro
sentido vital? ¿Y si cualquier persona que está aquí, en Camboya, en la puerta
de su casa de madera, sentado en una silla de plástico, o en su barquita, aparentemente
sin hacer nada más allá que ver la vida pasar, es más consciente que nosotros
de las grandes dudas de la humanidad por el simple hecho de no haber sucumbido
a la tecnología, al desarrollo ilimitado, a la famosa pantallita, ajena a todos
nuestros aparatos cotidianos fabricados para no tener que pensar en nada, para tener la mente en blanco,
en auténtico vacío? ¿Y si verdaderamente al invertir tiempo en cosas que no nos
aportan nada como ser humano, nos estamos convirtiendo en gilipollas? ¿Y si ya
lo somos? ¿Y si no hay remedio?
Una vez me dijeron que viajaba en el espacio, pero yo sabía que viajé en el tiempo. Observé calles de mi infancia, sin asfaltar, burros, autobuses antiguos, coches de cuando era pequeño, casas de un solo piso, desgastadas, que encerraban mucha historia, no vi televisiones, ni móviles, ni nada que oliese a tecnológico, vi gente con ropas que no estaban a la moda, vi gente descalza. Y se podía estar. A gustito. Y me quedé para siempre en ese mundo más fácil, en ese mundo descalzo.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
martes, 2 de septiembre de 2014
Atardecer
No existe nada
parecido, con tanta fuerza, nada que se repita tantas veces en todos los
lugares del mundo, y que su simple visualización no te haga pararte, sentarte
si es posible, y esperar a que se produzca el fenómeno. Ahora estoy en Serendipity,
en la costa camboyana, y descubro que aquí sucede lo mismo. El cuerpo recibe la
orden de la mente, “párate, siéntate, en la arena, da igual, pero siéntate y
disfruta”. Los colores azules y blancos, los últimos rayos solares que se
tornan de amarillos a naranjas e incluso rosas, el sonido de las olas, el agua,
ese tranquilo ir y venir de ondas a través del mar chocando con la orilla. La
brisa marina envuelta en la calidez húmeda de esta parte del mundo, el
escenario enfrente, como si fuese un lienzo que va cambiando a cada segundo,
fondo azul, algodones blancos, fuego a lo lejos que se funde con el mar
embravecido. Parece que las nubes son humo resultado de esa fusión entre lo más
caliente y lo más líquido. Un escenario del que es imposible escapar, que se
introduce en el cerebro y te taladra activando una tecla reflexiva que dice
“¿qué estás haciendo?”. Tengo ante mí el fin de un día, y no temo, y me
pregunto qué habría pensado el primer hombre que se enfrentó al atardecer por
primera vez y miró con miedo el futuro, viendo cómo se escapaba
irremediablemente el astro rey, rodeándose todo de una oscuridad amenazante, sin
saber aún que siempre, incluso tras la noche más cerrada, vuelve a aparecer el
sol. Como tantas cosas en esta vida, el miedo de ayer es nuestra seguridad de
hoy. Ese hombre no imaginaba que todo era mucho más fácil, que llegado un
momento tendría que dejar de recrearse en sus tinieblas, darse la vuelta y simplemente
esperar a que apareciese el sol de nuevo por el otro lado. Lo aprendió al día
siguiente. La experiencia trae consigo la tranquilidad.
miércoles, 11 de junio de 2014
Caravanas del desierto
Amanece en Erg
Chebbi, situado a un paseo en camello de tres horas aproximadamente desde
Merzouga, en Marruecos. Aún no hace tanto calor, el sol comienza a salir en el
horizonte de este mar de arena que se ha levantado con marejadilla.
Mientras voy ascendiendo, me sorprendo del paisaje, de las olas que parecen
esas dunas, de esta impresionante montaña de arena por la que voy subiendo, que
supera a todas ellas, y desde donde puedo ver el infinito, kilómetros y
kilómetros sin encontrarme ningún edificio, puente o elemento arquitectónico o
ingenieril que muestre intervención humana alguna. La sensación es maravillosa
aquí, en este lugar donde aparentemente no hay nada. Es como si la compañía fuese algo
extraordinario, como si lo normal fuese la soledad. Y es que siento que sólo en
un lugar donde no hay nada es donde el ser humano puede darlo todo, sacar todo
aquello que está en el interior de su mente, sin las distracciones absurdas de
nuestro mundo. Un hombre ante la naturaleza más básica, más hermosa, más dura,
que a medida que la piso me traslada a otros tiempos, como si en este mismo
instante no estuviese ya en el siglo XXI, sino que me convirtiese en un esclavo
de los que cruzaban a pie el desierto, en caravanas interminables de camelleros,
apresado injustamente bajo un sol de justicia. Quizás no me tengo que ir muchos
siglos atrás. Quizás no tengo que desplazarme en el tiempo ni años ni meses.
Quizás en este mismo instante, muchos estén haciendo el camino, no el de
Santiago, no el del Rocío, sino el que les llevará a su soñada Europa. Quizás
todas estas dunas esconden algo más que arena.
domingo, 1 de junio de 2014
Va llegando el momento
Veo normal tener
una llave en el bolsillo que pertenezca a la casa donde vivo. Veo normal tener
un móvil al lado de esta, con el que puedo estar permanentemente comunicado con
mi alrededor. Veo normal tener dinero en monedas, en billetes, o en tarjeta.
Veo normal comprar comida cuando tengo hambre, y beber agua de cualquier grifo
cuando tengo sed. Veo normal la variedad gastronómica que está a mi
disposición: pasta, arroz, cualquier potaje, puchero, gazpacho, tortilla, filetes
y pescado en cualquiera de sus variedades, pizzerías y hamburgueserías en cada
esquina, todo tipo de postres, cafés, tés, copas y un largo etcétera. Veo
normal tener tres supermercados a menos de cien metros, cuatro kioskos, videoclub,
dos o tres farmacias, centro de salud, clínica y hospital bastante cerca. Veo normal
tener internet en casa, un ordenador desde el que conectarme, y una impresora.
Veo normal tener mi coche abajo aparcado, dispuesto a poder usarlo cuando lo
necesite. Veo normal poder darme una ducha cuando me da la gana, con agua
caliente incluso. Veo normal los desodorantes, colonias, pastas y cepillos de
dientes. Veo normal las noches de juerga, los días de fiesta, las invitaciones
a los diversos eventos que se ven comunes en nuestro alrededor. Veo normal
comprarme ropa o zapatos cuando me siento escaso de alguna prenda. Veo normal
tener una lavadora en casa, un microondas, millones de tupperware, así como todos los avíos de la cocina. Veo normal la
nevera, todo el interior, y la despensa, con reservas por si acaso hubiese un
holocausto nuclear. Veo normal tener una bici, y unos zapatos para correr, y
poder hacerlo de forma segura, sin miedo a que me ocurra nada. Veo normal que
los coches no piten por la calle continuamente, que se conduzca con cierto
orden, que haya semáforos, que las aceras estén limpias, que se pueda transitar
por ellas. Veo normal que prácticamente todos seamos iguales físicamente, que
casi todos seamos blancos, que casi todos procedamos de tradición católica, que
casi todos tengamos ropa arreglada. Veo normal la “democracia”, que tengamos
gobiernos con chaqueta, que podamos votarlos una y otra vez a pesar de que
hayan dado muestra de su ineficacia y caradura. Veo normal mi normalidad. Veo normales
demasiadas cosas que no lo son. Ya va siendo hora. Es momento de coger la mochila, viajar
y reencontrarme con el mundo descalzo.
miércoles, 14 de mayo de 2014
La ropa
Un día estás en
tu casa y piensas que ha llegado el momento de salir a comprar ropa. Abres el
armario y sólo ves cientos de camisas, camisetas, pantalones largos y cortos,
chaquetas y demás prendas de vestir, pero aún así sientes la necesidad de salir
a comprar, porque hace tiempo que no lo haces, o porque, aun siendo poco el
tiempo que hace que la compraste, sientes la necesidad imperiosa de hacerlo. Te
sientes anticuado, hay que renovarse. Vas a una tienda, y a otra, y a otra más,
y allí te ofrecen todo tipo de productos. Mira, esto vale tanto, esto vale
cuanto. Esta camiseta es chula, la amarilla, la roja, la azul. Esta chaqueta
qué mona. Qué bonitos estos pantalones. Compro esto. Compro lo otro. Lo compro
todo.
Otro día resulta que apareces en Fez, Marruecos. Te animas a ir a uno de los lugares más interesantes de la ciudad, aquel donde se encuentran las curtidurías, donde tratan el cuero, y dan color a las prendas que luego se venden en nuestro mundo. Al llegar te da ese bofetón de olor inaguantable, que se te agarra sin desprenderse de la nariz, llegando incluso hasta la garganta. Un olor pestilente con el que detectas que el olfato alcanza hasta tu mismísimo estómago. La palabra “arcadas” aparece en tu cerebro, y ruegas a tu cuerpo que no le haga caso a tu mente. Ves a unas cuantas personas que se sumergen en las pozas que contienen los colores que dan a las prendas, y piensas que estas personas se pasan aquí todo el día todos los días. Ironizas sobre el parecido entre las palabras “color” y “olor”, y piensas si no es una la causa o la consecuencia de la otra. No tienen ningún medio de protección, se introducen a pelo, en esos líquidos que no deben ser muy buenos para la piel, en un ambiente que no debe ser muy bueno para los pulmones. Veo sus manos y parecen las de un anciano, aunque el que está trabajando a todas luces sea joven, o incluso niño.
Otro día resulta que apareces en Fez, Marruecos. Te animas a ir a uno de los lugares más interesantes de la ciudad, aquel donde se encuentran las curtidurías, donde tratan el cuero, y dan color a las prendas que luego se venden en nuestro mundo. Al llegar te da ese bofetón de olor inaguantable, que se te agarra sin desprenderse de la nariz, llegando incluso hasta la garganta. Un olor pestilente con el que detectas que el olfato alcanza hasta tu mismísimo estómago. La palabra “arcadas” aparece en tu cerebro, y ruegas a tu cuerpo que no le haga caso a tu mente. Ves a unas cuantas personas que se sumergen en las pozas que contienen los colores que dan a las prendas, y piensas que estas personas se pasan aquí todo el día todos los días. Ironizas sobre el parecido entre las palabras “color” y “olor”, y piensas si no es una la causa o la consecuencia de la otra. No tienen ningún medio de protección, se introducen a pelo, en esos líquidos que no deben ser muy buenos para la piel, en un ambiente que no debe ser muy bueno para los pulmones. Veo sus manos y parecen las de un anciano, aunque el que está trabajando a todas luces sea joven, o incluso niño.
Estando aquí, desde las alturas, contemplando la
infinidad de pequeñas piscinas llenas de colores donde van sumergiendo las
prendas en un ambiente de hedor inaguantable al que ningún Polo Químico
que conozcamos le puede hacer frente, pienso en que quizás aquel pantalón que
me compré no me hacía falta, aquella camiseta no me era necesaria, o aquella
chaqueta era a todas luces un despropósito. Pienso en cuánto de lo que pagué por
esas prendas llegará a esta gente. Pienso en que quizás no es tan descabellado
que compremos ropa a saco, pues al menos eso les proporciona una forma de vida
a estos que tengo delante. Pero rápidamente detecto que ese es el engaño de
nuestro mundo, la reflexión rápida que nos permite seguir cada día viviendo sin
prestar atención a los impactos de nuestros simples actos, a que comprar una
camiseta en nuestra ciudad es el aleteo de la mariposa que provoca un tsunami
de injusticia en las otras partes del mundo. Pensar que de esa forma les
estamos dando un futuro a ellos es evitar hacerse la pregunta del millón: ¿me
gustaría que mi gente trabajase en esas piscinas pestilentes?
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