Ir lejos, muy
lejos, a lugares poco comunes, a países con los que soñabas desde pequeño. Conocer
sitios nuevos en buena compañía, sentir calor extremo, incomodidades
faunísticas como excesos de cucarachas, o ratas del tamaño de gatos, o
mosquitos que suenan como helicópteros y pican como hijos de puta. Desprenderte
de la comodidad en la que vives, alejarte de tu zona de confort y sentir la
inseguridad de estar en terreno desconocido. Contactar con gente completamente
distinta a ti, en cultura, creencia, situación social, laboral y expectativas
de vida. Encontrar respuestas que si bien imaginabas así, nunca esperabas que
fuesen realidad. Admirar el aguante del ser humano, convencerte de su ilimitada
capacidad de supervivencia. Alucinar con el orden mundial, relativizar tu
posición en el mundo, no parar de preguntarte por qué las cosas son como son,
por qué tú sí y ellos no. Tratar de hallar la solución al camino elegido por la
especie a la que perteneces, y sólo encontrar una respuesta: “stop, no hay
solución”. Imaginar que eres parte de una indeterminación matemática, un infinito,
algo que no podrá ser controlado por imposibilidad de delimitar dónde se
encuentra el principio y el final de las injusticias tan grandes que tu propia
existencia y la de tus contemporáneos provoca. Tratar de asimilar toda esa
información alcanzando lugares de admirable belleza habitada por gente suprema,
mucho más preparada que tú para sobrevivir, con conocimientos que no les
permiten fabricar billetes pero sí esquivar a la muerte constantemente.
Encontrar que tras la maleza siempre hay amor, bondad, fraternidad,
solidaridad, y todos esos valores universales que tanto te hacen enorgullecer
de tus semejantes aunque a veces los sientas tan lejanos. Llegar extasiado y
exhausto, en medio de esa maraña de reflexiones, al último bar del lugar más
alejado del mundo y pedir al solitario camarero que descansa en una silla de
plástico bajo un ventilador de techo una botella de ese preciado oro líquido
helado. Saborear la cerveza fresquita y sentir el agustismo que proporciona
aprender de lo vivido.
Una vez me dijeron que viajaba en el espacio, pero yo sabía que viajé en el tiempo. Observé calles de mi infancia, sin asfaltar, burros, autobuses antiguos, coches de cuando era pequeño, casas de un solo piso, desgastadas, que encerraban mucha historia, no vi televisiones, ni móviles, ni nada que oliese a tecnológico, vi gente con ropas que no estaban a la moda, vi gente descalza. Y se podía estar. A gustito. Y me quedé para siempre en ese mundo más fácil, en ese mundo descalzo.
lunes, 13 de julio de 2015
miércoles, 10 de junio de 2015
Mañana
—
¿Por qué no ha venido papá a recogernos?
—
Papá ya no va a venir a recogernos más…
—
¿Y mamá?
—
Mamá está en la fábrica, ya sabes, no sale hasta
muy tarde.
—
¿Sabes que a mi amiga Champei le han regalado
unos zapatos? Estaban relucientes, ¿te imaginas a nosotras con unos zapatos,
Boupha?
—
Algún día, Chhean, algún día…
—
Oye, Boupha, ¿y qué vamos a comer hoy?
—
No lo sé, enana.
—
¡No me llames así! ¿Dónde comeremos?
—
Tampoco lo sé, a ver…
—
Pues tengo un poco de hambre.
—
Yo también, Chhean, yo también.
—
Si estuviese papá, él nos daría de comer…
—
Papá no va a estar más, Chhean…
—
Pero, ¿por qué? ¿Hacia dónde vamos, Boupha?
—
Hacia mañana, pequeña. Hacia mañana.
—
¿Hacia mañana? ¿Y allí podremos comer?
—
Pues eso espero, Chhean… si no, lo intentaremos
al día siguiente…
—
Ah. Uhmm… pues, ¿sabes? Champei me ha contado
que en su casa son muchos hermanos, y que sus padres siempre están, y que se
ríen mucho, ¿te imaginas, Boupha? ¿Te imaginas?
—
Sí, Chhean, lo imagino…
viernes, 24 de abril de 2015
Elogio a la pereza
—
¿Has hecho la cama?
—
Umm, no.
—
¿Y cocinaste algo?
—
Esto…no.
—
¿Ordenaste los armarios?
—
No…Más a la izquierda, más a la izquierda…así,
oh…
—
¿Recogiste a los niños del colegio?
—
Umm, le dije a Macaco que los recogiese él hoy.
—
¿No limpiaste el cuarto de baño y la cocina?
—
Eh… no.
—
¿Ni los platos que había para fregar?
—
Esto…qué va.
—
¿Fuiste a la carnicería? ¿A la frutería?
—
Eh, pues no.
—
¿Entonces qué has hecho durante todo el día?
—
Pues vivir, mujer. Vivir.
—
Ahm…
—
A la derecha, abajo, así… así…
miércoles, 18 de marzo de 2015
El lago de los cocodrilos
—
Mira, ¿lo ves?
—
¿El qué? No sé a qué te refieres, ¿es por aquí
detrás?
—
No, no mires hacia atrás. Me refiero ahí,
adelante, al fondo.
—
Sí, veo el fondo, ¿qué pasa?
—
¿No es hermoso? ¿No es bonito?
—
Sí, es precioso…cómo me gustaría llegar allí.
—
Pues podríamos intentarlo.
—
Sí…bueno, pero es desconocido…y hay que
atravesar el lago, éste que nos han dicho que tiene cocodrilos y no sé qué más
cosas que nos pueden hacer daño.
—
Sí, pero por lo que hay después, por esa
vegetación inexplorada, quizás merece la pena arriesgarse, ¿no?
—
Sí, quizás sí…pero, ¿y si por el camino se queda
alguno?
—
Ninguno se va a quedar por el camino. Yo no me
creo lo de los cocodrilos, me suena a las clásicas advertencias que nos hacen
para que no nos atrevamos a hacer lo que queremos. Mira aquellos niños de allí,
están jugando tan tranquilos en el agua, están felices.
—
Sí, se les ve contentos, no parece que sean
conscientes de los cocodrilos…
—
¡Es que a lo mejor no hay cocodrilos!
—
¿Pero y si los hay?
—
Quizás a veces hay que arriesgarse. Quizás
estamos obligados a saltar para seguir corroborando que detrás de algo bonito
puede seguir habiendo belleza, aunque el riesgo de los cocodrilos asuste.
—
¿Pero y si alguno se queda por el camino? ¿Y si
los cocodrilos amenazan con acabar con alguno de nosotros?
—
Entonces el otro volverá. Nunca permitirá que el
cocodrilo le ataque como lo hizo con el capitán Garfio. Nunca dejaremos que el
otro se ahogue.
—
Tengo miedo…
—
Yo también…
—
Pero debemos saltar, ¿no?
—
Creo que sí. Sí, debemos hacerlo.
—
Pues vamos. No se hable más. Quiero ver el otro
lado del lago. Quiero ver lo que nos espera.
—
Sabes que yo, a ti, mucho, ¿no?
—
Sabes que yo, a ti, más…
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


