Una vez me dijeron que viajaba en el espacio, pero yo sabía que viajé en el tiempo. Observé calles de mi infancia, sin asfaltar, burros, autobuses antiguos, coches de cuando era pequeño, casas de un solo piso, desgastadas, que encerraban mucha historia, no vi televisiones, ni móviles, ni nada que oliese a tecnológico, vi gente con ropas que no estaban a la moda, vi gente descalza. Y se podía estar. A gustito. Y me quedé para siempre en ese mundo más fácil, en ese mundo descalzo.
Si vives en
Triana o en los Remedios, y vas al centro, o si vienes del centro y haces el
camino inverso, le habréis visto, seguro. Aunque intentes no mirar, aunque
pretendas hacerte el loco, un cartel que se dirige al fondo de tu corazón, “Hoy
por mí, mañana por ti”, se repite una y otra vez no sólo cada vez que pasas por
el Puente de San Telmo, sino mucho después de haber pasado, cuando estás con tu
familia o amigos, es decir, con compañía, o cuando llegas a tu casa, cuatro
paredes y un techo que te protege de las inclemencias meteorológicas del
exterior.
Se llama
Antonio, es portugués, pero habla perfecto español. Lleva once años durmiendo
en la calle, y dos sentado en ese banco del puente de San Telmo todos los días
de nueve de la mañana a diez de la noche. Ha trabajado en el campo y en la
ciudad, como temporero en la recolección, como peón de albañil, como ayudante
de cocina, como operario en cadenas de producción, y etcétera, etcétera,
etcétera. Y nos dice que hoy por él, y mañana por nosotros. Y a mí me resulta
imposible seguir pasando por allí sin hacer nada más que darle algún euro de
vez en cuando. ¿Y si le hiciese una foto a su curriculum y lo compartiese con
todos mis contactos, y esos contactos lo compartiesen con otros, y esos otros
con otros, y al final llegase a alguien que tuviese alguna posibilidad de ofrecerle
trabajo, y podamos así renovar las fuerzas de una persona que lleva once años
luchando en la soledad, y que al final de cada día siempre se acaba preguntando
si merece la pena seguir luchando?
Nacer, llorar,
mamar, hacer pipí y popó. Crecer, hasta que te puedas desplazar por ti mismo
sin ser sostenido por unos brazos adultos. Correr de un lado para otro.
Divertirte con cualquier cosa. Reír mucho, querer mucho, ilusionarte mucho,
imaginar mucho. Descubrir algo nuevo cada día. Aprender siempre.
Seguir
creciendo, hasta la altura de tus ancestros, aunque más canijo y seguramente
con mostacho y granos en la cara, o con unos pechos en crecimiento
descontrolado y experimentando una incomodidad mensual que no te abandonará
hasta la menopausia. Comenzar a pensar en lo injusto, en que todos están contra
ti: profesores, padres, hermanos, amigos. Estar alerta. Dar la bienvenida a un
interés que no acabará por abandonarte jamás: el amor. Experimentar el cambio
de aficiones desde los muñecos o muñecas al deporte, y de éste a las chicas o a
los chicos. Creer que puedes llegar a ser lo que te propongas. Tener el
recipiente de ilusiones y esperanzas en sus máximos niveles.
Seguir creciendo
hasta que se van los granos, y el mostacho desaparece y viene la barba o el
afeitado de verdad. Darte cuenta que el pelo está un milímetro más atrás de la
frente que la última vez que te fijaste. Elegir la carrera, dejar atrás
colegio e instituto. Conocer mundo, primero el cercano, luego el lejano, y,
quizás, el más lejano aún. Preguntarte por qué todo es así.
Echarte una
pareja en serio, terminar la carrera, encontrar un trabajo para toda la vida, ir
comprobando cómo éste no era como esperabas, cómo no se parecía a lo que te
hablaban en la Universidad, aquello que pensabas que te haría sentir realizado.
Comprarte un coche, firmar una hipoteca, casarte, tener hijos, aceptar que
dejas de ser protagonista de tu vida para convertirte en el mentor de otro
protagonista que procede de ti mismo. Ver pelos blancos en tu cabeza y pensar
en teñirlos o aceptarlos. Fijarte en que tu piel ha estado expuesta al aire
demasiado tiempo. Observar cómo el vaso de ilusiones y esperanzas individuales comienzan
a vaciarse.
¿En qué momento
aparecieron los desvíos del camino, esos que desechaste o aceptaste? ¿En qué
segundo de tu vida haber tomado una dirección y no otra te habría convertido en
otra persona con circunstancias completamente distintas a las que tienes? ¿Qué
cambiarías si pudieses volver atrás?
Un
círculo humano alrededor de un fuego. Un hombre ancestral, con edad y
conocimientos sobre la naturaleza superiores al resto. Desde pequeño un chamán
le sopló a él, y eso dio comienzo a su periodo de aprendiz. Durante el resto de
su vida se dedicó a conocer aquellos recursos que la selva puede proporcionar:
comida, bebida, cobijo, medicinas. Y también el espíritu del mismo, los
espíritus del bosque, el Supai en que
se convierte un chamán cuando muere, el mismo al que accede un aprendiz al
convertirse en chamán. Ahora, en este preciso instante, está iniciando a unos
cuantos occidentales en un rito ancestral, la toma de Ayahuasca, el contacto
con los señores de la selva, la familiaridad con los espíritus, la posibilidad
de ir a tu antes o a tu después, de contactar con las visiones que proporciona
la magia de un brebaje obtenido de un tipo de liana, de esas por las que tarzán
solía lanzarse al grito del rey de la selva.
Un
sonido rítmico comienza a escucharse por encima de la lluvia que asiduamente
nos visita de noche, una vez se reparte el líquido en cuestión. El simple sorbo
te traslada a un lugar de otro tiempo, a un tiempo con otro lugar. Estoy
rodeado de personas con pantalones, con camisetas de una marca precisamente del
mismo nombre que la etnia con la que nos encontramos, pero en mi cerebro no se
traduce de la misma forma, en mi cabeza está el chamán, están dos o tres
kichwas más que producen o tambiénreciben ese tin-tin eléctrico que cada vez se hace más acuciante. Y
estoy yo, claro. Sí, solo cuatro o cinco personas, aunque la realidad diría que
somos veinte. Pero yo no quiero la realidad, en este momento me quiero evadir
de ella, y por eso estoy con esos cuatro kichwas ancestrales.
El
fuego se convierte en el elemento principal, como si no hubiese aire, ni agua,
ni piedra, sino sólo el poder del fuego, la luz atrayente en la que imaginas
formas imposibles e impensables en otro estado. Comienza el baile de palmas,
las que el chamán sostiene y hace bailar con la mano, en otro movimiento
rítmico y sonoro, chuschuschuschuschus, chuschuschuschuschuschus, así, mientras
a la vez limpia el aura de diversos compañeros que sienten la necesidad de
deprenderse de los malos espíritus. En su lengua kichwa, el chamán va
explicando cómo tal persona se está enfrentando a la maldición de dos chamanes
que tratan de que le ocurra algo malo, y cómo él mismo ha logrado vencerlos,
diciéndoles que no busquen problemas, que lo dejen tranquilo.
Comienzan
a escucharse los primeros comentarios, “ya me viene”, como si fuese algo
esperado que obligatoriamente tuviese que suceder. Se empiezan a demostrar los
primeros síntomas, un leve zumbido eléctrico en los oídos, dicen algunos, los
primeros vómitos y alguna que otra ventosidad sonora que hace relajar el
ambiente serio y concentrado del personal. La ayahuasca, además de sus mágicos
poderes, es un potente purgante, y se puede manifestar primeramente a través de
molestias digestivas de toda índole. Algunos se levantan, otros se quedan
sentados, esperando a los espirituales síntomas. Se respira profundidad,
ancestralidad, el tono de un anciano cantando en kichwa te traslada al tiempo
que imaginaste, aquel en que los árboles, los animales, los insectos y todo
tipo de plantas y hongos estaban en comunión con el ser humano, aquel en el que
el espíritu del bosque entraba con facilidad en nuestro organismo. Ahora yo
vivo en un mundo metálico, asfaltado, “desarrollado”, y quizás es por eso que
no acabo de contactar con el Supai,
por eso me resulta tan complicado convencerle de que soy un kichwa, de que tengo
su aura, de que pertenezco al grupo de los que quieren a la naturaleza, de que
de verdad estoy preparado para que me guíe por el pasado y por el futuro, de
que me vea a mí mismo, o a los míos, o a los que fueron míos y aún pertenecen a
mis recuerdos. Pero no, no pasé la prueba, no me permitió rozarle, ¿otra vez
será?
No sé cómo
empezar este escrito, porque lo único que me sale es decir “gracias”, pero esa
palabra repetida hasta la saciedad, gracias, gracias, gracias. A mis padres, a
mis hermanos, a mis cuñaos, a Ana, a los Parodys (Jero, Luisa, Maoté, Lolilla,
Fernando, Teresita, Carlos, Maite, Cacallín, Isa, Mari, tío Ricardo, tía Rosario, tía Maria José, tía
Mari Paz, tío Salvador), a mi tía Encarna, a Javicai, a Víctor, a Gonzalo que me consta que estuvo aunque no nos vimos, a mis amigos Perico,
Saúl, Álvaro, Ale, Borja, Pedro, Manu, Yolanda, Yesica, Susana, Inma, Cristina,
Román, Ivan, a Manuel Liberal (¡¡¡qué emoción verte!!!), a Munira, Miguel y el
pequeño gran Alejandro (¡no sois conscientes de lo que me encantó veros!), a
las tragsianas Pilar, Inma e Inés, a los amazónicos Sandro, Auxi, Paula y David
(ya eres un amazónico), a los sevillaactualizados Christopher, Fran, Adrián, Mercedes
y su madre Mer, a Carolina, a Manuel Casado, a mis amigas de mi hermana Rocío, Marta, Eli,
Belén, Cinta, Leti, a Pablo y Rafael de Triskel, a las dos simpatiquísimas
encargadas de la Jerónima. Gracias a todos los que estuvisteis, y a los que no
lo estuvisteis físicamente pero no dejasteis de estar en mi cabeza. Perdón si
me he dejado a alguien por el camino, pero que sepáis que ayer vencisteis a la Soledad del escribido, y que lo convertisteis
en la Compañía del escritor.
Me gustaría daros a cada uno diecisiete gracias, y
quinientos besos.
Hace algo más de dos años me embarqué en una utopía que poco a poco va
tomando forma. El día 15 de diciembre sale a la venta mi primera novela,
publicada con Triskel ediciones. También será el día de la presentación de la obra. Y yo ahora mismo tengo ganas de reír,
de gritar y de llorar, de levantar los brazos en señal de victoria y de
esconderme a la vez, por saber que he llegado a una meta de mi maratón
vital, y que aún me quedan cientos de ellas por cruzar. No sé cuánto
durará esta aventura, pero por ahora me lo he pasado en grande. Mil
gracias a todos, familia, amigos y conocidos.
Martes 15 de diciembre de 2015, en La Jerónima, una librotaberna cercana a la calle Regina, en la calle Jerónimo Hernández, num 14, en Sevilla. Si estáis interesados, será un placer recibirles ;)