lunes, 19 de junio de 2017

La actitud del viajero



Los adelantos tecnológicos de última generación en el mundillo de los móviles, cámaras de fotos, videos y el hecho de compartirlas en redes sociales reflejan la necesidad del ser humano de enfrentarse a la normalidad de nuestras vidas y dotarlas de algún aditivo que las haga parecer extraordinarias. Filtros de luz, coloreados irreales, uso de blancos y negros y demás opciones de nuestros dispositivos nos hacen sentir que lo que estamos experimentando es la hostia, cuando quizás tan sólo sea la misma vida que vive todo el mundo. Cosa que por otra parte no está mal, claro. El arte es hacer de lo cotidiano algo extraordinario.

Pero hay un aspecto que no estamos controlando demasiado bien. A gente adulta quizás no nos afecte tanto, pues tenemos experiencia de cómo era la vida antes, cómo son esos sitios y momentos, sabemos identificar que una foto es un instante, que la alegría, el agustismo y la comodidad, sobre todo esta última, que muestra una imagen o un video en un viaje puede ser algo pasajero y no proporciona toda la información de lo que supuso llegar hasta ese particular destino idílico. Pero las generaciones más pequeñas, las que aún no han experimentado la realidad, podrían quedar absorbidas por esa ilusión estética que muestran las redes en la que todo es happy, fantástico, carente de problemas, y puede provocar que al conocer la realidad, al vivirla en sus carnes, se desilusionen de tal manera que no consigan admirar lo verdaderamente extraordinario cuando lo tienen delante porque no han tenido la comodidad que parecían mostrar las fotografías y videos vistos sobre el lugar.

La importancia de viajar no es tanto el destino sino la experiencia, sentir cosas no sentidas durante los once meses que conforman el resto del año normal, aprender a afrontar los problemas, a entender que la comodidad no lo es todo y que a veces merece la pena mancharse, cansarse, no comer a la hora de siempre o desplazarse en vehículos algo más antiguos y ocupados que los que tus criterios occidentales podrían aceptar. Y es que cuando pasas esas experiencias y otras más duras en lugares alejados de tu zona de confort puedes sentir el crecimiento de unos músculos de los cuales desconocías su existencia, unos que no se alojan en los brazos, en las piernas o en la barriga, unos que no se trabajan en los gimnasios pero que te hacen formar parte de los seres más fuertes del planeta: los que empiezan a entender el verdadero significado de la palabra “problemas”. Y entonces escucharás las conversaciones ajenas, leerás los periódicos, analizarás la actualidad y te enfrentarás a tus propias dificultades con un sensor que habías tenido desactivado hasta el momento y que te hará identificar lo que antes habías considerado una putada enorme como algo absolutamente solucionable. Y será ése el momento de darte la enhorabuena, amigo, amiga, pues habrás conseguido trasladar la actitud del viajero a tu vida diaria. Y verás tus circunstancias directamente con otro filtro sin necesidad de ningún artilugio tecnológico, sino generado por ti mismo.


2 comentarios:

  1. Pues sí, ese filtro que si no se renueva cada cierto tiempo se olvida y vuelve el drama y el no puedo y el qué hecho yo para merecer esto.

    Buena reflexión

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  2. Coincido con lo que dices, hay que renovarlo cada cierto tiempo pues es una actitud que caduca al exponerse durante mucho tiempo a la comodidad.

    Muchas gracias Víctor!

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